Pepito Arriola, el Mozart brigantino

La zona nueva de nuestra ciudad, en su entronque con la barriada de As Cascas en lo alto del Rollo, acoje la plaza que desde hace unos años recuerda al niño prodigio Pepito Arriola. A primera vista, un nombre más de los que pueblan nuestro callejero mientras vecinos y visitantes desconocen los méritos que llevaron un día a una Corporación Municipal a homenajearlo.

Vida breve pero intensa

José Rodríguez Carballeira, que así era su nombre, vino al mundo el 14 de diciembre de 1895 en Betanzos y lo abandonó el 24 de octubre de 1954, alejado ya de los éxitos infantiles, en Barcelona. Por ser su madre de Ferrol, nacida en el seno de una familia ilustrada, muchas veces se dice que el Mozart gallego era ferrolano, si bien fue inscrito en Betanzos con motivo de su nacimiento. Pepito llevó los dos apellidos de su madre por ser madre soltera, pero escogió el apellido del abuelo para su nombre artístico debido a su mayor sonoridad. Destacó como pianista, aunque también fue compositor y violinista.

Se crió con una tía hasta que su madre es conocedora de sus aptitudes- con tres años Pepito Arriola ya componía sus propias obras-, cuando lo reclama e inicia el periplo musical que lo llevará por varias cortes europeas. En Madrid, a comienzos de noviembre de 1899, comenzará una fulgurante carrera como pianista. Pepito protagoniza su primer recital el 4 de diciembre de 1899 en la casa de los señores Montano, asistiendo unas 300 personas e incluyendo el programa la Marcha Real y la Alborada de Pascual Veiga. Tocará en el Ateneo el 2 de febrero de 1900 y dará un concierto con 6 obras de composición propia en ese mismo año en el Palacio Real. Esto hará que la reina apadrine al niño y pague sus estudios musicales.

Madre y niño se trasladan a Alemania en 1902, donde Pepito estudia en el conservatorio de Berlín con Richard Strauss y toca con la Filharmónica de Berlín bajo la dirección de Nikisch, resultando elegido pianista de la corte de Guillermo II. A partir de ahí dio giras por todo el mundo con enorme éxito, incluyendo los Estados Unidos (Metropolitan y Carnegie Hall entre otras célebres salas) así como una extensa gira por Cuba en 1910. Pepito se erigió en una de las figuras de la música alemana de la época, hasta que en 1946 tiene que volver a España. La estrella de Pepito Arriola se extingue con este retorno, negándosele el éxito que conociera de emigrante y encasillado en el “niño prodigio” que ya había dejado de ser. Olvidado de todos, con 59 años Pepito Arriola cerró sus ojos para siempre.

Caso de estudio por su precocidad

En una asamblea general del Congreso de Psicología de París fue presentado el caso de Pepito Arriola –debido a lo llamativo de su precocidad- por el profesor Charles Richet, especializado en Psicología por la Universidad de París. Esta sesión tuvo lugar el 21 de agosto de 1900. Las actas se encuentran publicadas en la Revue Scientifique (Revista Científica) del 6 de octubre de 1900, pág. 432, así como en la reseña oficial del Congreso de Psicología de 1900. Reproducimos textualmente el informe del profesor Richet:

«He aquí lo que cuenta su madre sobre la manera por la cual ella percibió por primera vez los extraordinarios dones musicales del niño Pepito, y que yo transcribo exactamente con sus propias palabras: «Mi hijo tenía casi 2 años y medio cuando fortuitamente descubrí por primera vez sus aptitudes musicales. En esa época un músico amigo me envió una composición suya y yo me puse a tocarla con bastante frecuencia: es probable que mi nene estuviese prestando atención, pero no lo percibí. Ahora bien, una mañana escucho tocar al lado de mi cuarto la misma composición, con tanto dominio y precisión que quise saber quién estaba tocando así el piano en mi casa. Entré al salón y vi a mi pequeño hijo que estaba solo y que tocaba el piano. Él estaba sentado en un banco alto, donde se había subido solito, y al verme se puso a reír y me dijo: ‘¡Mamá linda!’ Creo que eso fue un verdadero milagro.»

«A partir de ese momento, el pequeño Pepito se puso a tocar piano sin que su madre le diera clases, tanto las piezas que ella tocaba delante de él, como las composiciones que él mismo inventaba. Después desarrolló bastante destreza y se puede decir que alcanzó un verdadero progreso. El 4 de diciembre de 1899, es decir, a la edad de tres años y doce días, Pepito tocó en el Palacio Real de Madrid delante del rey y de la reina madre. Allí ejecutó seis composiciones musicales de su autoría, las cuales han sido escritas. Él no sabía leer; hacía dibujos y a veces se divertía al escribir sus composiciones. Que quede claro que esta escritura no tenía sentido alguno; pero él se divertía bastante al hacer trazos en un pequeño papel. En el lugar superior de la hoja (en donde se colocan las indicaciones de la música en las partituras) hacía garabatos, que según él significaban el género musical de cada fragmento: si era una sonata, una habanera, un vals, etc.; después, en la parte inferior de la hoja, trazaba líneas en las que hacía rasgos, los cuales querían significar la clave de sol, y también líneas negras que – según Pepito – eran las notas. Observaba esa hoja con satisfacción, la colocaba en el piano y decía: ‘Voy a tocar esto’. En efecto, fijaba los ojos en ese papel uniforme y comenzaba a hacer una improvisación de forma admirable.

Para estudiar metódicamente el modo como tocaba piano, he efectuado una distinción entre la ejecución y la invención: «La ejecución: La realiza de manera cándida; sin tener clases, se percibe que él ha hecho su propia digitación en todas las piezas musicales. Sin embargo, esa digitación es muy hábil, tanto como se lo permite la pequeñez de sus manos, que no pueden alcanzar una octava. Entonces él reemplazó la octava – y esto es curioso – por arpegios inteligentemente ejecutados y muy rápidos. Toca con las dos manos. Para dar ciertos efectos o crear determinadas armonías, frecuentemente cruza las manos. A veces también levanta la mano bien alto mientras ejecuta la melodía con la mayor seriedad, como los pianistas renombrados, para luego dejarla caer en la nota justa. No es probable que esto lo haya aprendido, porque la manera de tocar de su madre – que es muy honorable, pero que no tiene nada de extraordinario – de forma alguna es análoga. Algunas veces interpreta frases musicales con una agilidad asombrosa y un vigor sorprendente para un niño de su edad. Además de todas esas cualidades, es preciso confesar que esta ejecución es inigualable.

«Él balbucea algo durante medio minuto, y de repente – como si estuviese inspirado – se pone a tocar con agilidad y precisión. Yo lo he escuchado tocar fragmentos bastante difíciles: una habanera ‘gallega’ y la Marcha Turca de Mozart, con una extrema habilidad en ciertos pasajes. Además de la digitación, la armonía es completamente extraordinaria: casi siempre encuentra el acorde justo y, si titubea en el comienzo de un fragmento, tantea algunos segundos y después retoma la armonía exacta. No es una armonía muy complicada: se trata casi siempre de acordes más simples. Pero a veces inventa de repente cosas sorprendentes. A decir verdad, lo que deja más estupefacto no es la digitación, ni la armonía, ni la agilidad, sino su expresión musical. Él tiene una admirable riqueza de expresión. Ya sea que se trate de un fragmento triste o alegre, marcial o enérgico, su expresión es impresionante. Le he pedido a su madre que toque el mismo fragmento que él: seguramente ella lo tocaba mejor, sin titubear en las notas, sin buscar a tientas y sin repetir; pero el pequeño niño tenía mucho más expresión que su madre.

«Incluso a menudo, esta expresión es tan fuerte y tan trágica en ciertas músicas melancólicas o fúnebres, que se tiene la sensación de que Pepito, con su digitación imperfecta, no puede expresar todas las ideas musicales que vibran en él; de modo que casi me atrevería a decir que él es mucho mayor músico de lo que parece ser.

«No solamente puede ejecutar los fragmentos que él acaba de escuchar a otro tocar en el piano, sino que también puede – aunque con mayor dificultad – ejecutar canciones que él ha escuchado en otro momento. Es una maravilla verlo buscar, encontrar y reconstituir los acordes del bajo armónico, como lo haría un hábil músico. En una experiencia hecha recientemente, uno de mis amigos ha cantado para él una melodía muy complicada. Después de haberla escuchado cinco o seis veces, Pepito se sentó al piano diciendo que se trataba de una habanera – lo que era verdad – y la repitió, no enteramente, pero al menos en sus partes esenciales.»

«La invención: Cuando se escucha una improvisación, a menudo es muy difícil diferenciarla de una invención o una reproducción de la memoria, con respecto a las composiciones y a los fragmentos ya escuchados. Sin embargo, es cierto que cuando Pepito se puso a improvisar, él casi nunca se detuvo y frecuentemente encontró melodías extremamente interesantes, que a todos los asistentes les parecieron más o menos nuevas. Hay una introducción, un desarrollo y un final. Al mismo tiempo, existe una variedad y una riqueza de sonidos que pueden ser sorprendentes en un músico profesional, pero que cuando se trata de un chico de tres años y medio nos deja absolutamente estupefactos.» Este ejemplo es típico. Todos los otros podrían ser calcados en él. Esta precocidad constatada por la intelectualidad, existe desde el punto de vista moral. Niños de corta edad contrastan en su medio, ya sea por la diversidad, por el vicio o por su conducta irreprochable en un ambiente libertino.

De Betanzos a la corte del emperador

Un artículo de Nuria Rodríguez publicado en La Opinión, 7/10/09

  • Aunque en algunos estudios se dice que era ferrolano, el Mozart gallego nació en la capital brigantina, donde tiene una plaza.
  • A los dos años y medio sorprendió a su madre tocando al piano una pieza que ella interpretaba a menudo en casa y no tenía ni los cuatro cuando ofreció su primer concierto. José Rodríguez Carballeira, más conocido como Pepito Arriola, fue un niño prodigio que triunfó en América y en Europa. A pesar de su éxito, el que fue pianista de la corte del emperador Guillermo II pasó sus últimos años en el olvido.

Betanzos puede presumir de ser la cuna del Mozart gallego, que es el sobrenombre que se le dio a José Rodríguez Carballeira (1895-1954), más conocido como Pepito Arriola. Aunque en los escasos estudios que se pueden consultar sobre el músico se dice que éste era de Ferrol, ciudad en la que residía su madre, Pepito -que decidió utilizar el apellido de su abuelo materno, de origen vasco- nació y fue inscrito en el registro de la Ciudad de los Caballeros con los apellidos de su madre, Josefa Rodríguez Carballeira, por no tener padre conocido. Por ello, el Concello de Betanzos acordó dedicarle una plaza, situada en una urbanización próxima a la calle Rollo.

Lo que muchos betanceiros desconocen es que José Arriola sorprendió a su madre con tan sólo dos años y medio, cuando ésta se lo encontró tocando al piano una pieza que ella interpretaba a menudo en casa. A los tres años ya componía, sin haber recibido ningún tipo de formación musical, y el 4 de diciembre de 1899, cuando aún no había cumplido los cuatro, ofrecía su primera actuación. Dada sus habilidades, su madre decidió llevárselo a Madrid, donde inició una extraordinaria carrera como pianista.

En 1900, dio un concierto en el Palacio Real. El repertorio incluía seis obras propias y la actuación debió satisfacer a la reina, María Cristina, que decidió apadrinar a Pepito y pagarle los estudios en Alemania. Así, este betanceiro de nacimiento se traslada con su madre a Berlín y se matricula en el conservatorio de la ciudad alemana, donde cursas estudios con Richard Strauss, otro niño prodigio conocido por ser el autor de piezas como Así habló Zaratrusta. También formó parte de la Filharmónica de Berlín y fue nombrado pianista de la corte del emperador Guillermo II. Fueron años de éxitos y aplausos, dio giras por todo el mundo y llegó a actuar en el Metropolitan y el Carnegie Hall. José Arriola regresó a España en 1946 y cayó en el olvido. Murió en 1954 en Barcelona.

En 1933, su familia protagoniza un terrible suceso conocido como el caso Hildegart. Su tía, Aurora Rodríguez, que le cuidó de pequeño, mataba a su hija Hildegart de cuatro tiros mientras ésta dormía. La niña fue concebida como un experimento y colmó las expectativas de su madre de convertirse en una niña prodigio y una mujer destacada de la II República. Al parecer, Aurora había comenzado a creer que a su alrededor no había más que conspiraciones para destruir su “escultura de carne”.

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