El ring, la Visera y los poetas clásicos

Carlos Penelas

Carlos Penelas

Carlos Penelas

In memoriam, John Berger

Ahora, que todo es descortesía y confusión, donde el despotismo o la historia nos muestran héroes, monumentos, falsedades que para contrarrestar los propios defectos se alaban líderes, ambiciones o dudosas fraternidades, debemos más que nunca denunciar la videncia transitoria, las incantaciones demagógicas y volver a la sensibilidad de lo estético, a ese anhelo inicial que es presagio, evocación y lirismo.

A los seis años, Roberto – mi hermano mayor – me regaló unos guantes de box rojos y un puching ball. Para niños, claro. Eran los tiempos de una niñez festiva, las horas en las cuales Carloncho soñaba con los cowboys, la pelota de goma y la plazoleta de Suipacha y Viamonte.

Mi padre era amante del fútbol y del boxeo. Mi hermano mayor, del box y del automovilismo. La primera vez que pisé el Luna Park fue para ver a dos plumas de fama: el argentino Alfredo Bunetta contra el español Fred Galiana. Empate. Creo que corría el año 1956. Recuerdo un estadio colmado y miles de cigarrillos encendidos. Y las luces del ring. Y la campana.

Mi padre simpatizaba con Julio Mocoroa y con Alfredo Prada. En casa todos eran simpatizantes de Prada. Las razones eran varias. Con los años lo conocí, estuve a punto de hacer un libro sobre su vida y su época. Mi hermano era admirador de Eduardo Lausse. Lo conocí en 1989, en Suipacha y Lavalle, donde tenía un pequeño local de deportes. En mi casa me hablaban de Pedro Quartucci, medalla de bronce en los Juegos Olímpicos de París, 1924.

A mí me tocó ver a un dios, a un boxeador único, un metafísico del cuadrilátero: Nicolino Locche. Para quien abomina de los idiotismos y las trivialidades, de la banalidad o lo artificioso, Locche es el ascetismo lírico, más que un boxeador es una dilatada forma de la metáfora, de la claridad, de la emoción.

Mis mayores me enseñaron a leer bien, a pensar bien, a percibir el decoro, el trabajo, la honestidad, a mirar y a ver box, a gozar con los estilistas. Recuerdo a Goyo Peralta, tal vez el mejor boxeador argentino en su categoría. Aprendí a sentir la escuela de los mejores. En literatura, en los maestros del Profesorado en Letras, en la pintura, la escultura o la amistad.

Vivía la Visera junto a mis padres, mis hermanos y mis primos. Allí la presencia de los semidioses, la bienaventuranza, el orbe diabólico en esferas angélicas: Varacka, Grillo, Maldonado, Pastoriza, Bernao. Allí los fantasmas que evocaba mi padre: Bello, Erico, Seoane, Sastre. Muchas veces cenaban en el bodegón de mi tío Pedro, el sábado por la noche. Luego llegó un solo nombre homenajeando lo mejor, el arte impar, los pases conmovedores como latidos, la limpia eficacia, lo imprevisto, la parvedad justa y esencial, la ruleta marsellesa, el dribling con rabona, una memoria humana que es leyenda: Ricardo Bochini. Un hombre modesto, inteligentemente creador. En mi escritorio tengo una fotografía suya, dedicada. Al lado un retrato de Wagner y otro de Borges.

Junto a mis hijos la felicidad al ver correr a Albeiro Usuriaga, la gambeta del Kun Agüero, el vuelo de Islas, la sobriedad en Gabriel Milito, la pegada de Perico Pérez, el regate de Federico Insúa…

El deporte me enseñó a desdeñar lo burdo y a mantener la mente sana. Hoy la industria cultural como la industria deportiva mancillaron todo. Los negociados, los contratos oscuros y millonarios, las mafias enquistadas, las corporaciones siniestras, los arreglos feroces, la corrupción en cada una de las organizaciones mundiales, las barras bravas, la utilización social y política, terminaron escandalosamente con los sueños. Hace poco, Luis Alberto Nicolao, me señaló en la pileta de Geba: “El deporte como nosotros lo vivimos no existe más. Nosotros éramos felices con la fotografía en la tapa de El Gráfico”.

Comprendí desde muy joven que la elegancia estaba por encima de todo; el estilo, la sobriedad, el talento. En un nadador, en un esgrimista, en el billar, en el ajedrez, en el básquet. Con los años fui descubriendo lo mismo en distintas actividades. Ejemplos pueden ser Gene Shacore o Cristóbal Balenciaga. Características identificables donde vemos la unidad de forma y contenido, de vitalidad y belleza. Lo observamos en David Niven, Gregory Peck, Jep Gambardella, Marcello Mastroiani. Analicemos un momento las fotografías de Grace Kelly, Audrey Hepburn, Catherine Deneuve o Charlotte Rampling. En todo hay una simbología, una interpretación o recepción de ese espejo universal que intentamos nombrar. Como escribe Mircea Eliade, “quien no tiene imaginación es como si hubiera sido expulsado de la realidad profunda de la vida y de su propia alma”.

El poeta va recorriendo su pasado intelectual y su pasado vital. Se deja guiar por un tiempo detenido, un esplendor mágico. Se transforma en viajero, en testigo. El poeta conjura su vida en la infancia, en la memoria, en el calor de la mirada. Atrás quedaron los textos griegos y latinos, los grandes poemas de la literatura universal, la pintura flamenca o italiana, las leyendas fantásticas de los celtas. A su alrededor la fatal estupidez, el conjuro del oro y del poder, ídolos del marketing y la desintegración de nuestra época. Otros tiempos.

La invisibilidad es de pronto transparente, es Belleza en cuanto rescata lo sublime. En una lectura, en un cuarteto de cuerdas, en La Inmortal, la mejor partida de ajedrez de todos los tiempos disputada por Adolf Anderssen (blancas) y Lionel Kieserritzky (negras). Londres, 21 de junio de 1851.

Aquellos guantes de box y aquella casaca de Independiente que mi cuñado Juan Antonio Oliva me regaló a los siete años me hicieron, como se dice vulgarmente, de paladar negro. Lo mágico, la calidad, necesita soledad y concentración; la imagen del mundo es el teatro: allí el tiempo se detiene. Hay un orden que brota de una respiración rítmica, una clarividencia. Renueva y nos renueva. Otra vez la imaginación. Para disfrutar de una escultura de Benvenuto Cellini o de Miguel Ángel, el cine de Buster Keaton o el de Visconti, para analizar una pelea de Mohamed Alí, la ciencia boxística defensiva de Mayweather o sorprendernos siempre ante el más grande: Sugar Ray Robinson. Por supuesto, son categorías diferentes, pero en cada una de ellas el anhelo inicial, la ejecución de una mitología que es estilo, armonía, elegancia.

Hacia ella vamos, dejando atrás fraudes, mercados artificiales, el chantaje del consumo y la especulación corporativa. Hacia allá vamos.
Buenos Aires, enero de 2017

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