La mirada de mi padre

Carlos Penelas

Carlos Penelas

Anoche mi padre me habló de Bartolomé Murillo. Dijo
palabras que recorren la luz, palabras vagas, seductoras.
Nombró a María Manuela, a sus hermanas, a sus hijos.
Luego calló. Por momentos parece haber transformado
las cosas de la vida. Recordó El joven gallero, recordó su
Autorretrato de 1670. Después se fue perdiendo en olvidos.
Susurró: tengo armas milagrosas para vencer la muerte.
Y otra vez un oscuro laberinto, una memoria antigua, un
solitario en los umbrales de puertas con encinas. Fue en-
tonces cuando le hablé de su aldea, de los hijos del cura,
sus sobrinos. Pero él ya no sabía qué voces eran esas, qué
oído o cielo cubrían su horizonte. Le hablé de sus nietos,
de Emiliano y de Lisandro, de la belleza del alma de estos
hijos, de las presencias íntimas del sueño. Me pareció que
se ocultaba en otra sombra. (Al escuchar su nombre sonríe
con ternura). Recordó, de pronto, Muchacha con su pandereta
de José de Ribera. Creí entonces descubrir ciertas nubes,
ciertas nieblas sobre un aire de plegarias. Y sentí lo efímero,
la inocencia adolescente, la mirada celeste de sus ojos sobre
la delicadeza de lo incomprensible.

Dejadme llorar,
orillas del mar…
Luis de Góngora y Argote

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